Querido Adriano.
He intentado poner mis pensamientos en letras, en unas que
sean lo suficientemente cautivadoras, en unas que lleguen a su corazón, aunque
este ya hubiese tenido un dueño mucho mejor que yo.
Dediqué los mejores años de mi vida a su servicio, siempre
sonriéndole de una manera suspicaz, era su sirvienta, una de las cientos que
tenía, era imposible que usted pudiese darse cuenta de cuando adoraba ir a
servirle el vino que usted más quería,
fui yo una ingenua al sentir que ese sería nuestro rito especial, tanto así que
en varias ocasiones viajé con los comerciantes del reino hasta Grecia para
poder traerle todo lo que deseaba, al final, una sonrisa de su parte como
agradecimiento, era lo que me hacía más feliz.
Usted siempre quiso ser como los griegos, ¿no es así?;
siempre amó sus tradiciones y la manera en la que ellos vivían, quizá por eso
tuvo una conexión tan especial con el joven Antínoo, le recibió con sus brazos
abiertos, siempre le tenía una sonrisa al ser su tutor, llevándole a cada uno
de sus viajes… Usted en realidad tenía un apego sobrenatural a ese hombre,
¿verdad?
Su esposa lo sabía, podría decir yo, porque al final su
relación era mucho mejor con él que con aquella que había desposado, podría
decir que hasta su caballo lo sabía.
En algún momento le escuché decir a Marco que usted ha
llegado a la edad en que la vida es una derrota aceptada, yo puedo decirle que
lo entiendo a la perfección, ya que mi derrota aceptada es una carga que llevo
en mi espalda desde que mi señor no me ve… como podrá darse cuenta, llevo más
años que usted en esta deprimente situación.
Quizá porque usted ya se encuentra en su lecho de muerte es
la razón por la que yo pueda decirle cuanto aprecio le tengo, cuanta admiración
he cosechado para usted a lo largo de sus victorias, cuando llegué a desear estar
de una manera más íntima a su lado.
Solo espero que a la hora de irse de esta tierra logre ser
feliz, porque sé que al final, mi amor no correspondido es solo una de las
espinas de la rosa, una de las tantas que tiene; pero estas se pueden cortar y
así la flor queda más bella y reluciente que la misma luna. Amo, mi corazón lo sabe, aquella rosa que con
tanto amor adornó su jardín fue aquel zagal que cerró sus ojos por última vez
bajo las olas de un inmenso mar.
Es por eso que le digo, vaya ansioso a la hora de su
reencuentro con aquel que tanto apreció.
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